Javier Codesal

RETRATO DE FRANCISCO DEL RÍO

Madrid, 08/07/2015-5/09/2015


Retrato de Francisco del Río es un vídeo monocanal de 35 minutos y 2 segundos de 2014. Algunas escenas cotidianas de la vida de una persona, ancladas en la observación del rostro a partir de una disposición excepcionalmente abierta por parte del retratado. Dejarse mirar a lo largo de tantas tomas, en momentos de naturaleza radicalmente íntima, y tal cosa, por lo apurado del tiempo restante mucho más que por tratarse de esto o aquello, indica un deseo de sostener el lazo del lenguaje y de la vida incluso en el extremo donde todo ello parecería insostenible.

En el texto del propio artista que incluimos a continuación, éste muestra las claves de esta pieza esencial en su obra de los últimos años, enlazando con piezas como Joropo (2012) o Ponte el cuerpo (2015).

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Mi amigo Francisco del Río murió en 2011. Durante sus últimos meses, trabajamos juntos en la grabación de imágenes y sonidos para este retrato tan difícil de elaborar como sencillo de ver. En él intento abordar el sinsentido de que alguien fue y ya no es: la doble presencia de la perplejidad ante la muerte y su evidencia, pero sobre todo la presión de la vida para enunciarse hasta su mismo límite. El retrato da cuenta también de la escandalosa fenomenología del arte, especialmente a partir de la fotografía, cuando nos impone lo increíble como experiencia.

Escribí el párrafo anterior desde cierto olvido de la experiencia de grabar, fotografiar y editar los materiales de esta obra. En realidad, en el momento de tomar imágenes y sonidos no había resto alguno, constancia alguna de la muerte; no desde un punto de vista lógico, pero tampoco en la vivencia esperanzada de aquellos momentos. La lógica de aquel trabajo conjunto se inscribía en los términos de la vida: una creencia en la habilidad del lenguaje para humanizar el tiempo, manteniendo los lazos del cuerpo con el mundo y especialmente con los restantes hombres, como compañeros. No había restos pero sí objetos, y se trataba de pensarlos, conocerlos y gozarlos.

En cualquier retrato se plantea una fórmula porque el retrato trata o es un trato, donde la fórmula da solución a aquello que previamente, o en el mismo acto de retratar, pusiéramos en juego. Tal vez nos hallemos ante un pago, resuelto en la fórmula, y eso indica que había algo por saldar, un desequilibrio que se hacía molesto o que tendía, por su propio desarrollo, a volcarse en una imagen de cierre, formulada. O, si no, es un tratamiento que se concreta en fórmula magistral que pueda operar sobre una falta, una herida o un desconocimiento que no se conforma en su dolencia y ha de ser curado por el lenguaje.

Voy a reconocer que no hay cura. Francisco del Río lo supo: no hay cura de la vida, para la vida ni en la vida. Por eso, sin curación, sólo queda el tratamiento: retrato.

«Cuando alguien muere / cambian sus retratos.» Anna Ajmátova aporta una clave desoladora. Y es evidente que mi trabajo cambió entre la fase de tomar (imágenes, sonidos) y la fase de dar (forma). Ya hubo muerte, después, aunque yo no la viese; y de alguna forma la entreví. Porque en las imágenes veía, lo repito, escandalizado, a alguien vivo. En tales casos, nadie nos podría convencer de que la imagen, a pesar de su costrosa naturaleza visual, es menos que nada. Muy al contrario: ello es más que nada. 

Con exagerada ligereza de casi nada construimos retratos que, transformando el olvido que se corresponde con una vida cortada, son capaces de contener más que su nada. Me gustaría poder afirmar que de una parte cae el resto, para perderse, y de la otra casi nada; y que a esta segunda expresión de la fórmula le corresponden unos cambios no destinados a la putrefacción ni al horror; que devendrá un producto imaginario, si fuera posible, no habitado por fantasmas. Hablo de tratar esta cuenta como si pudiéramos superar la idea misma de resto. 

En otro orden de cosas, quiero decir que Francisco del Río estimuló mi trabajo artístico muy generosamente a lo largo de una década, que con él compartí el interés por el arte y el empeño por actuar en dicho campo con inteligencia y emoción, y que esto que ahora se entrega fue nuestro último esfuerzo en común. Espero que la obra concluida alcance las espectativas que en ella puso mi amigo.

Javier Codesal


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