Manolo Laguillo

VINTAGES 1976-1992

Madrid, 25/03/2017 - 20/05/2017

 

Me comprometí con Cristina Zelich para hacer una exposición a comienzos de 1980 en la Galería Fotomanía. Dos tercios del total de aquellas fotografías fueron tomadas en salidas que hacíamos Humberto Rivas y yo, generalmente los sábados y domingos por la mañana. Compartíamos la fascinación por las zonas periféricas. Los mundiales de fútbol de 1982 supusieron un estímulo “singular”, y las fotografías del Banco de España y del monumento a Colón lo representan. La ciudad estaba aún muy lejos de saber qué cambios iban a realizarse en ella a partir de mediados de los ochenta, y no era difícil encontrar en el centro ese carácter marginal que tanto nos llamaba la atención. Las razones por las que cultivábamos esa preferencia por ciertas zonas de la ciudad eran diferentes para cada uno. A casi treinta años de distancia, creo que para Humberto el significado de todo eso consistía, para decirlo con muy pocas palabras, en que le recordaba a Buenos Aires. En mi caso, seguramente, se trataba de templar mis fuerzas con una temática que por entonces era muy poco o nada frecuente, aunque enseguida reconocí en Walker Evans un espíritu afín.
Todas las fotografías, sin excepción, están hechas con cámaras de gran formato. Siempre tuve claro que para mí ése era el único modo posible de trabajar. Necesitaba el detalle tremendo y la enorme gradación tonal del gran formato, y también sus posibilidades adicionales de controlar con precisión la geometría de la imagen, simplemente porque buscaba una representación bella de algo que, en principio, distaba mucho de serlo. De ahí a querer trabajar con la platinotipia no había sino un paso, y una beca de La Caixa, en 1982, me lo posibilitó.
Tras aprender el oficio vino su aplicación, cosa que sucedió a varios niveles. Además de la obra personal, en los ochenta se inicia y afianza mi trabajo como profesor de fotografía en la Facultad de Bellas Artes de Barcelona, y surgen los encargos.
El principal contexto de mi actividad profesional en esa década fue Quaderns d’arquitectura i urbanisme, la revista del Col•legi d’arquitectes de Catalunya, dirigida por Josep Lluís Mateo. A partir de 1985 también abundaron los encargos “semi libres”, como el que me permitió tomar parte en el ambicioso proyecto Les Quatre Saisons du Terrotoire, coordinado por Alain Buttard en Belfort (Francia).
En estos años amplío mi visión en dos sentidos muy precisos. Por un lado aumento el ángulo de toma, por el otro subo el horizonte. Ahora incluyo más tierra que antes, me fijo más en el primer término y disminuyo, por tanto, la cantidad de cielo. Al final de esta época ya uso casi exclusivamente el formato panorámico de proporción 1:2, junto con una distancia focal que proporciona un ángulo de toma muy abierto, cercano a los 90º. Ello es síntoma de un desplazamiento en el centro de interés: ya no me fijo tanto en la célula cuanto en el organismo.
En muchos de los encargos de fotografía de arquitectura de esa época (también en Basilea) se me pide intervenir en aquellos momentos de la construcción de un edificio en que éste muestra, sin estar aún acabado, un aspecto que es el anticipo de su derribo final.
El trabajo sobre la Diagonal de Barcelona hace patente algo que sólo es perceptible si se observa desde el aire: la diagonalidad de la Diagonal sólo existe sobre el plano, a vista de pájaro. El reto de ese proyecto consiste, por tanto, en llevar la fotografía al límite de lo que es capaz de hacer: insinuar, estando encima de la escena, lo que sería verla desde lejos. Pero también radica, como podemos constatar a años de distancia, en utilizar la fotografía como instrumento de prospección, de diagnosis y prognosis. Fotografiar, en suma, el futuro.

Manolo Laguillo

 

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