Sergi Aguilar

DESPLAZAMIENTO

Madrid, 19/11/2016 - 14/01/2017

 

La primera exposición de Sergi Aguilar en Casa sin fin reúne piezas de entre 2009 y 2015, y es la primera que presenta en una galería de Madrid con obras recientes desde 2002.

Aguilar nace en Barcelona en 1946. Estudia en la Escuela Massana y en el Conservatorio de las Artes del Libro de Barcelona entre 1962 y 1967, momento en que entra en contacto con la obra escultórica de Julio González, Constantin Brancusi y los constructivistas rusos, entre otros. Durante los siguientes cuatro años continúa su formación y amplía sus intereses creativos con estancias en París, Londres, Praga, Stuttgart y Menorca. En 1972 comienza a trabajar como escultor. Sus primeros objetos son volúmenes abstractos que tienen presentes la observación y el análisis de la naturaleza. Entre 1973 y 1980 realiza una serie de bloques de mármol de influencia posminimalista. A principios de los años ochenta sus esculturas derivan en unas construcciones con los conceptos de recinto y rampa como principales referentes. Utiliza el acero, un material que le permite construir diferentes planos cuya intersección introduce las ideas de movilidad y acotación, en contraposición al concepto de bloque. A partir de 1993 comienza a trabajar con dibujos y fotografías de lugares que ha visitado. A menudo emplea este material gráfico en sus esculturas, combinándolo con estructuras o traduciéndolo en volúmenes. Hacia 2005 va abandonando la escultura entendida como un ente sólido e independiente; a partir de entonces el territorio se convierte en el tema y eje principal de su trabajo, al cual incorpora la noción de desplazamiento.

Unas notas del propio artista reflexionan sobre su obra reciente:

La acción de dirigirse puede traducirse por ir hacia. Quizá para ser más exactos deberíamos decir que son sinónimos. En cualquier caso significa desplazamiento. La idea de ir hacia un lugar, sea un acto físico o imaginario, siempre contiene un interés. En el proceso de hacer siempre hay un desplazarse. (Desplazar: sacar de un lugar una cosa y llevarla a otro sitio.) El ir hacia una idea o hacia una imagen está lleno de acontecimientos; ir hacia un espacio físico también. El tiempo empleado en hacer cosas siempre está lleno de desplazamientos. El mismo concepto de tiempo ya es un desplazar. Ir andando, apartando. La nube se desplaza rápidamente hacia el Este, el buque desplaza cincuenta toneladas, una escultura se emplaza en un sitio desplazando un trozo de espacio vacío.

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Si hablamos de ir y volver, de desplazarnos, de circular, podríamos introducir el término frontera, ya que si vamos lejos alguna vez seguramente deberemos cruzar alguna. Jorge Luis Borges escribe en su relato «El Sur»: «Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme». Como siempre, Borges nos deja en suspenso, en tensión. Atravesar, antiguo, firme: tres palabras densas, potentes…

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Deberíamos mudarnos más a menudo porque, como dice Wisława Szymborska, los mapas mienten. (Mudar: adoptar otra naturaleza, estado, figura, lugar u otra cosa.) Nos han educado siempre sobre un plano, las hojas de un libro, una pizarra, etcétera. Las explicaciones siempre están narradas –y marradas– sobre una superficie plana, sea ésta animada o inanimada, de manera que todo nuestro conocimiento lo hemos adquirido a través de documentos bidimensionales, cuando todo es, como mínimo, tridimensional.

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El tránsito permanente de un cuerpo, de los cuerpos, sean animados o no, nos da la información de que prácticamente todo está en cambio continuo. El espacio y la materia con su «grosor» no descansan de darnos información en directo, en tiempo real, pero, por lo que parece, nos movemos y comunicamos mejor en lo no real, en la simulación. ¿Nos da miedo estar expuestos a los cuatro vientos?

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¿Podríamos hablar de un volumen hecho de distancia? Diría que estas dos esculturas son el resultado de ir, doblar, deambular, de trazar líneas y ejes que se encuentran cuando se cruzan pero que vuelven a distanciarse, que chocan y rebotan, encajan y se desencajan. El esqueleto de un montículo, montaña o accidente orográfico está presente.

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Un esqueleto es un armazón que sustenta una cosa. Normalmente es transparente, pero también puede ser opaco. Las rutas (como Ruta vermella, de 2009, y Ruta grisa, de 2010) también podrían ser un esqueleto de la tierra; se trata de mostrar lo que la sustenta. Son unas piezas en las que miro hacia fuera, nada introspectivas y muy clásicas en cuanto a concepto escultórico, muy tridimensionales.

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A menudo se habla del viaje, de ir a un lugar para transitar, habitar y descubrir un mundo distinto, para conocer otras identidades, maneras de hacer y actuar. Una mesa o pared donde se va inscribiendo un gráfico sería un espacio donde el territorio se dibuja y refleja, evolucionando y agotándose casi en el mismo instante.

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Árido, fértil, yermo, vital, sedentario y nómada son algunas definiciones que utilizamos para aproximarnos a lo que nos interesa manifestar. La atracción que ejerce la atmósfera de un paraje, de una topografía, de una marca es una incógnita. Se produce una imantación particular. Para unos se trata de llegar; para otros del tiempo que conlleva y para los demás, de quedarse. En cualquier caso, lo que nos fascina es la búsqueda de un horizonte que siempre está mudando, cuando no desapareciendo.

 

 

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