Robert Doisneau / Laure Albin Guillot

UN ENCUENTRO A DESTIEMPO.

Madrid, 14/11/2015-09/01/2016

Así escribe Jean-François Chevrier en su popular ensayo sobre Doisneau de 1983: “Doisneau rechazó todo el énfasis que en su juventud caracterizaba todavía la producción de los fotógrafos más famosos. En Trois secondes d’éternité cuenta con agudeza una visita que realizó a la gran profesional de la fotografía de aquella época, Laure Albin Guillot: ‘… Ella estaba impaciente por enseñarme lo que tenía que hacer. Me dejó solo por un momento y aproveché para disimular mi vergüenza. Volvió cargada de fotografías grandísimas. Me impresionaron los grandes márgenes, lo imponente de la firma y la delicadeza del soporte. No me acuerdo bien de los temas, pero eran de género pictórico. Me retiré caminando hacia atrás y despidiéndome con amabilidad’. Y añade: ‘Fijaos cómo soy: la visita había servido para consolarme. Apenas se cerró la puerta a mis espaldas, tuve la seguridad de ir por buen camino’”.

Más allá de la estupenda anécdota, bien narrada por el fotógrafo y bien recogida por el ensayista, y que nos permite conocer el carácter del Doisneau joven, leemos hoy este encuentro (o mejor desencuentro) como el de dos profesionales en muy distintos momentos de sus carreras. Profesionales, sí: ambos lo serían como pocos en la historia de la fotografía francesa. Dos trabajadores de y para la fotografía que en paralelo, sin embargo, cultivan otra más personal, la de los ratos libres, como un “diletante dominguero” (palabras también de Chevrier).

Nada que ocultar: el signo del trabajo es siempre positivo, aunque cierto romanticismo pasadista nos diga lo contrario. ¿Qué tipo de artistas entonces? La propia Albin Guillot se ocupó de teorizar con tino sobre la fotografía publicitaria y dejó muy claro en otros textos que a lo largo del tiempo buena parte del mejor arte había sido de encargo.

A pesar de ese encuentro a destiempo, tan alejadas las “estrategias” fotográficas, lo contrario nos parece ahora fértil. Los campos postpictorialistas de ella, las calles humanistas de él; los representantes de la alta cultura, casi siempre ambiguos, de ella, los personajes callejeros de él; los interiores burgueses y sofisticados de ella, los cafés y cabarets de él… Podríamos seguir, quizá hasta ese punto donde ambos se encuentran: con gusto ella, pero aparentemente refractario él: el mundo de la moda. (Aunque ya hacia 1940 ambos habían colaborado al unísono curiosamente en algunos de los proyectos propagandísticos de Maximilien Vox, “chef de service au Ministère de L’Information”.)

Doisneau, y así lo reconocía tiempo después, mintió en más de una ocasión, hizo teatro con sus personajes, fingió la realidad como quiso; Albin Guillot, sin embargo, aseguró siempre que le interesaba una “verdad fotográfica”, una realidad cierta. Como si ahora todo fuera al revés: ¿quién es más progresista entonces?

En esta exposición de Casa sin fin presentamos cinco fotografías de Doisneau (dos de ellas “icónicas”), alejadas, salvo una, de su pose más, digamos, conocida y centradas en esa melancolía casi de flâneur de algunas de sus mejores piezas (los edificios o barrios en transformación, ya en los 60) o en el mundo del trabajo (el mundo del mercado de Les Halles). Al mismo tiempo, hemos reunido varios trabajos de Albin Guillot de gran interés: un buen número de fotografías de su proyecto Le Louvre La nuit (copias al fresson de 1939, como esas imágenes grandes y lujosas que fascinaron y contrariaron a la vez a Doisneau muy pocos años antes) y una secuencia de un desfile de moda de los 40 realmente extraordinaria.

Una pequeña fotografía de Laure Albin Guillot instalada en el despacho sirve (pues todo el mundo la admira, formal y temáticamente, como de Doisneau) para continuar la conversación (o la controversia, según). Pero ésta no puede producirse sólo, en este caso, en un texto y en un folleto: exige la visita a la galería y el estudio y el debate posteriores.

 

Irene Antón, Julián Rodríguez

 

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